El gran Espectáculo - Miércoles (1)
- 1 -
07:17 h
La alarma una vez más. La miro con despreció, obligándome a levantar mi perezoso cuerpo de la cama solo para hacerla callar una mañana más. Puedo oír los ruidos que provienen de la planta baja. Mi perfecta familia, empezando su precioso y perfecto día. La voz de mis progenitores discutiendo sobre lo preciosas que son las hojas en otoño al caer de los arboles. La risa de mi hermanito pequeño al descubrir un día más que su desayuno preferido le espera en la mesa, seguro que lleva consigo uno de sus peluches favoritas, mientras les narra el extraño y fascinante sueño que ha tenido.
Se que no estoy con ellos, que todavía estoy en pijama vagueando en mi cama y que desde tan lejos no se puede saber seguro que todo eso este ocurriendo, lo que te puedo decir es que me creas. Un acto de fe que deberás respetar en todo momento.
Te preguntaras, ¿por qué debería yo fiarme de ti? ¿de esos detalles que me describes con tanta seguridad sin la necesidad de estar allí? Ahora mi pregunta, ¿por que no deberías? No pierdes nada, como antes te he dicho este será tu acto de fe hacía mi persona. Hacía esta historia. Un Gran Acto de Fe para un Gran Espectáculo.
Los pájaros cantan alegres desde las copas de los arboles y los vecinos abres sus ventanas permitiendo que el frío de la mañana se cuele en sus calurosas casas. Mientras el sonido de la música clásica amenaza con inundar la calle.
Veo como muchos de ellos, ya están fuera perfectamente vestidos y arreglados. Acorde al día de la semana que es.
Miércoles, el día necesitas saberlo, el mes ya no tanto.
Me cambio, preparo las cosas para ir a clase y bajo las escaleras que me separaban de mi siempre perfecta, feliz y diplomática familia. Al igual que moralmente respetable.
Mi plato me esperaba, junto a la perfecta sonrisa de mi progenitora con un fuerte brillo en sus grandes y abiertos ojos color café tostado.
En este pueblo todo siempre esta extrañamente perfecto y calculado. El número de hijos e hijas, los colegios a los que irían y los amigos que tendrían.
En mi familia eso no es una excepción. Sus lugares en la cocina, sus conversaciones, la ropa que llevan y los peinados.
Todo siempre milimetrádo.
Agotador.
Terrorífico.
Intento comerme lo que hay en el plato en un perfecto silencio. Sin formar parte de esa entrañable estampa
Agua y aceite.
Solo hace falta fuego. Un fuego lento que consuma al segundo componente para hacerlo desaparecer por completo. Un fuego que restablezca el orden de las cosas.
Un fuego purificador.
Agua; cristalina y pura. Refrescante. Un símbolo usado para limpiar y purificar todo aquel que a sido tocado por el mal. Representante de lo bueno y de la vida.
Aceite; Yo. Nada más. Ni es el mal, ni es el diablo. Ni soy lo opuesto. Solo que no se mezclan.
Mis parpados pesan e intento reprimir un bostezo. Un solo sonido, pequeño y tímido sale de entre mis labios y seis pares de ojos me miran de golpe. Durante segundos que parecen cambiar a minutos y transformare en espantosas horas.
Parpadeo.
Nadie me mira. Nadie repara en mi.
Respiro despacio. Noto mi pulso en la base del cuello. El sudor frío en la nuca.
No destaques. Que nadie te mire.
Respiro una vez más.
-Cariño si no terminas tu desayuno rápido no llegaras a tiempo al colegio. Yo ya me voy con tu hermano, recuerda poner la alarma antes de salir. Cierra todo con llave, no quiero sorpresas al volver -su voz es suave cuando te habla pero nunca te mira, sus ojos siempre están pendientes del más pequeño de la casa.
-Claro. No hace falta que te preocupes.
-¿Tienes actividades esta tarde?
-No, pero tengo que terminar un proyecto para el viernes con algunos compañeros de clase. Vamos a casa de uno de ellos. Comeré allí.
-No vuelvas tarde. No podemos ir a buscarte -la voz de tu padre interviene en la conversación, este tampoco te miraba a ti sino a la pantalla de su móvil.
-No te preocupes. No volveré tarde.
-Vámonos, antes de que se nos haga más tarde a nosotros. Te queremos.
Los tres salen tranquilos por la puerta principal. Yo me quedo sentada observando su plato.
Miro el reloj. 07:41 h.
Siempre salen a la misma hora.
Observo las fotografías que decoran la cocina. En ellas aparecemos los cuatro en diferentes momentos de nuestra vida como familia.
Primer embarazo.
Primer nacimiento.
Yo.
Primeros pasos en el patio trasero.
Primera vez viendo el mar.
Primera vez nadando.
Primera vez durmiendo.
Todas las primeras veces del primer bebé. Enmarcadas.
Cortos momentos congelados en el tiempo.
Segundo embarazo.
Segundo nacimiento.
Yo.
Primeros pasos en el patio trasero.
Primer día en la playa siendo cuatro.
Primera vez comiendo en un restaurante.
El encanto de revivir y corregir los fallos del primero en el segundo.
¿Tercer embarazo?
Tercer embarazo.
Tercer nacimiento.
Él.
Primera vez en una incubadora.
Primera vez visitando la casa.
Primera vez visitando el hospital.
Primera vez decorado su habitación.
Solo una fotografía en toda la casa donde aparecíamos los cinco juntos. Dos de ellos agotados y tres de ellos inocentes ignorantes.
Primera vez llorando.
De eso no hay fotografía.
No en la cocina.
Vuelvo a mira el reloj. 07:43 h.
Miro mi vaso lleno de agua y la pastilla que descansa a su lado.
Vitaminas aptas para niños en edad en crecimiento.
Un engaño publicitario para aquellos padres preocupados que cuidan y sobreprotegen a sus hijos.
Vuelvo a mirar el reloj. 08:07 h.
Suspiro.
Me tomo la pastillas, recojo los platos de la mesa y compruebo que todas las puertas y ventanas están cerradas.
Activo la alarma y cierro la puerta con llave.
Despacio me giro reprimiendo un bostezo.
Todos los ojos de ponen sobre mi.
Me observan, dejando de hacerlo todo solo para mirarme.
Parpadeo.
Tomo aire despacio. Lo suelto igual.
Nadie me mira.
Vamos a seguir con el plan. Respira, nadie sospecha nada.
¿Nadie?
Comentarios
Publicar un comentario